Mostrando entradas con la etiqueta El país de los charcos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El país de los charcos. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de abril de 2012

La niña de las aceitunas

La niña de las aceitunas era la niña más linda del país de los charcos. Tenía la piel del sur y los ojos manchados por la magia de la luna. era imposible no quedarte colgando de su mirada. Guardaba en el bolsillo una retahila de contestaciones insolentes y escondía su descaro con sonrisas. Discutía cada uno de mis despropósitos y aprobaba las locuras que creía oportunas. Aparecía de mes en mes, si me descuido de año en año, pero me ataba a su corazón precioso con promesas desconcertantes.

Hace tiempo que me enamoró con sus confesiones ebrias. Luego me llevó a otra dimensión con su música (porque la niña de las aceitunas sabía jugar con el violín, la muy aceitunera). Quizá me encantaba de ella que escondía en declaraciones de odio el amor más grande. Adoraba saber que siempre había alguien dispuesto a insultarme, y justo a continuación sonreírme y hacerme suya para siempre.

La niña de las aceitunas era una niña con ansias de aventuras. ¡Joder, cómo no quererla! Estaba dispuesta a lo que la vida le regalara, pero cuidaba sus espaldas con sus olivares. Lograba todo lo que se proponía. Triunfadora nata, pisaba sobre seguro, y siempre sabía lo que se hacía. Y si no era así, nadie lo notaba, porque su fuerza era enorme igualmente.

Cuando se hizo mayor decidió trazar su futuro con escuadra y cartabón. Y a mí se me ocurrió retarla. Yo soñaba, y ella sacudía su cabeza para mantenerse en el suelo. Pero mis sueños habían cogido aire y con la fuerza de un buen par de alas sobrevolaban la conciencia de la niña de las aceitunas. Yo viajé a sus sueños de olivo y le pedí que dibujara los planos para mi palacio de luna y arena.

Aún no lo sabía, pero la niña de las aceitunas era la única que podía afilar el lápiz de colorear sonrisas.

jueves, 16 de diciembre de 2010

En el país de los charcos todos tenemos humedades en el corazón.

En el país de los charcos todos tenemos humedades en el corazón. Eso es incómodo cuando vamos fuera, porque luego el frío se nos mete por dentro y nos reseca. Y luego es cuando salen calenturas en los labios, cuando los dedos cogen un tono azul y los ojos lagrimean al volver de noche.

En el país de los charcos, las calles relucen en invierno. As rúas encharoladas polas bágoas de amor dunhas nubes que aman o seu pequeno país de charcos. Salen las ninfas encapuchadas. Los duendes escondidos en abrigos de sonrisas. Los perros corren huyendo de las salpicaduras, siempre innecesarias. Y así nos va, a nosotros, que volamos por otros aires. Echando la mano al recuerdo para no sentir que las humedades se están pudriendo. Porque, ¡claro que sí!, nos gusta sentirlas siempre frescas. Si las dejamos solas, cogen mal olor, y a lo mejor se enfada el corazón y luego no nos habla.

Por eso los días de lluvia miramos al cielo. Por eso nos reímos al ver a esos pobres, que abren el paraguas con orvallo. Y por eso cuando enfría nos tapamos tanto: porque eso nunca importa cuando vives en el país de los charcos. Allí, el frío es juguetón y escurridizo. Y hay una historia un poco turbia entre él y los huesos. Quizás algún día os la cuente. Quizás…

Cuando vuelva al país de los charcos, oiga el pulso del goteo, y la luna me haga cosquillas al amanecer.

martes, 23 de noviembre de 2010

El tiempo corre distinto.

El tiempo corre distinto aquí, en esta ciudad de viento y frío. Las horas son iguales, las noches también empiezan y acaban con la luna. Incluso los niños sonríen con el mismo tono. Pero el tiempo pasa distinto. Esto es como una rueda en la que te vas dejando llevar, y miras por el cristal y tienes tiempo de ver todo. Pero allí, en el País de los Charcos, te dejas llevar por el ritmo de la lluvia, contando los días de cielo despejado que quedan hasta que la Navidad llegue a la ciudad... y pierdes la cuenta.
Aquí cada noche viene un fantasma a mostrarte el álbum familiar, y te susurra Soledades (Galerías, y otros poemas). Cada noche tienes más presente sus caras. ¿Qué las echas de menos? Por Dios, no me hagas reír, chica. Tú nunca has echado de menos a nadie. Nunca has querido a nadie lo suficiente. Si ni siquiera tienes el corazón apropiado para eso. Quizás sea eso, que al alejarse de la humedad tu cojera de sentimientos vaya curándose poco a poco.
Era feliz con sus duendes, sus ninfas y su luna. Creó un mundo de sueños para no acercarse demasiado a nadie. Quizás lo que necesitaba era volver a alejarse de todo para aprender a sonreír por sí misma.

En el País de los Charcos hay espíritus que salen de las alcantarillas (y saben sacarte las sonrisas).

miércoles, 27 de octubre de 2010

Llenó un plato de migas.

Llenó un plato de migas y al acabarse el polvorón le entró un sabor muy grande a Navidad. Le encantaba el cambio de estaciones. La primavera olía a fresco, a calentito y a verde. El verano traía sensación de playa, y el sol mañanero animaba a salir a la calle. Pero desde pequeña lo que más le había gustado era el otoño. Sus ojas caídas, el romanticismo de las primeras lluvias grandes, pasear por calles mojadas de las que la gente se protegía bajo el techo de sus casas. En su cabecita, había mezclado el otoño y el invierno, porque no quería tener uno sin tener el otro, así que la estación duraba desde octubre hasta febrero, y le gustaba que así fuera. Las ojas caían, llovía mucho y hacía frío por las noches; además, al levantarse para ir a clase tenía que ponerse sudaderas y gorros.

De vez en cuando se encontraba a algún otro loco que había salido a pasear bajo la lluvia. O a algún señor de esos que van con un gorro impermeable de cuadros, calado hasta las orejas, y con un perrito, también enfundado en un impermeable a cuadros. Le gustaba mirar al cielo mientras llovía, y ver el agua caer. Le gustaba que las gotas resbalaran por su cara. Le gustaba quitarse las gafas y ver todo lleno de puntitos de colores, sin formas atando su imaginación. De pequeña siempre jugaba a ver el otro lado de la ría sin gafas, e imaginar que cada puntito de luz era una familia de luciérnagas. O también que un pintor había decidido pintarla a modo impresionista, y que ella tenía la suerte de ser la única en contemplar su obra, desde su palacio en lo alto del monte.

Lo malo de haberse ido era que echaba de menos la lluvia. Salir corriendo a meterse debajo de algún soportal. Ir racaneando cornisas a las señoras mayores, que iban con su carrito y su paragüas, y aun así se metían contra la pared de los edificios. Pasear con las manos en los bolsillos, la ropa empapada, mirar al suelo y ver a su perro sonriendo, contento de pura vida. No era cierto que las nubes lloraran la muerte de un amor. No aquellos días. Ella creía que habían cogido la rutina de llorar todas las semanas un poquito, para no inundarse por dentro. En aquel país lleno de charcos, era fundamental la continuidad, porque sino sus habitantes se podían acomodar al sol y a la facilidad de no tener el paragüas siempre a punto. Al principio sólo las flores se alegraban cuando llovía. Luego, la gente se hizo al agua y descubrió que la versatilidad del clima era un estupendo tema de conversación para el ascensor, y los tímidos pudieron tener algo de lo que hablar sin sentirse acobardados.

Le entró la risa al recordar el segundo día que vio llover en su nueva ciudad, que la gente decía que llovía a cántaros, y sorprendida salió a la calle y vio que apenas lloviznaba. Eso sí, el viento jugaba a mejorar su velocidad. Como le entró nostalgia, pidió una pizza y se puso una peli para ver mientras oía a la lluvia cantar contra el cristal. Y se durmió relajada. Nada la tranquilizaba más que el pulso, irregular pero constante, de las gotas.