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viernes, 20 de enero de 2012

La chica torre de papel

La chica torre de papel era un dibujo a carboncillo. Su cara, a luces y sombras, contrastaba el brillo de sus ojos; la profundidad de su mirada con el color de su sonrisa. La chica torre de papel prometía un tacto narcotizante más allá de las telas que la envolvían. La chica torre de papel hacía soñar hasta a los niños más lindos con granjearse su cariño y sus caricias.

Yo sé de un gusanito que llegó hasta su ventana, y cada amanecer contemplaba abstraído su sueño inquieto. Ella se removía, y el gusanito tejió su seda en torno a su ternura. Para que no se le perdiese ni una sonrisa. Para que no se le escapase ni un abrazo.
Y llegó el invierno, y el gusanito trazó sus planes alrededor de la ventana de aquella fantástica chica torre de papel. Él sabía que ella lo cuidaría durante el frío, que nada le pasaría mientras los sueños de ella siguieran a salvo, resguardados en una pared de seda, al calor de su pensamiento.

La chica torre de papel descubrió con la primera nevada el capullo de seda de su ventana, y sonrió a primera vista. Un hilillo de su conciencia hizo estremecer su columna vertebral. Desde el espinazo recorrió su largo cuerpo hasta llegar a la punta de los pies, y allí el cosquilleo se quedó a dormir.
Algunas noches soñaba con mariposas, y volaba en promesas de primaveras. Ardía en ganas de ver a las flores despertar.

Un día el sol llamó a la cristalera, y serpenteó hasta besar la frente de la chica torre de papel. Ella despertó de una sonrisa, justo a tiempo para ver salir al gusanito, convertido en mariposa. Él revoloteó, torpe y primerizo, hasta que cogió fuerzas y se echó al cielo.

Contó a todas las flores de la belleza de la chica torre de papel. Y las flores a los pájaros. Un murciélago lo oyó y fue con el cuento a la luna, que desde entonces se asoma a tu ventana, y muerta de envidia y llena de amor, besa tu frente, llenándote de claros y nubes las fronteras de tus miradas.

sábado, 31 de diciembre de 2011

La serpiente ciega

Hace quién sabe cuanto tiempo vivió en un regato (concreto) una serpiente sin ojos. Cuando era más culebrilla que otra cosa, al poco tiempo de nacer, una lechuza la cogió, confundiéndola con una lombriz, y le picó en la mirada, cegándola para siempre. La serpiente, deshilachada en dolor, mordió a la lechuza y se escurrió como pudo de sus garras de hierro. Se escondió entre raíces y hojarasca, agonizando. Y quiso mamá Iarnal que se salvara la serpiete, y curó las heridas de sus ojos. No volvió a ver, pero al menos seguía viva.

Años después, no recordaba apenas comoera la vida más que a oscuras, y se sentía dichosa de seguir viviéndola. Claro que era una serpiente, sin brazos, patas ni ojos. No podía tantear su camino, y al principio se tropezaba con cada obstáculo. Poco tardó en aprender a sentir.
Sintió la tierra, y descubrió surcos que indicaban hacia donde bajaba el agua.
Sintió los árboles, y se abrazó a sus troncos en busca de comida.
Sintió el aire, y respiró.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Los domingos son como sándwiches sin queso


"Los domingos son como sándwiches sin queso.
A veces los notas tan vacíos, y a veces necesarios, como si te hubieras saturado de un sabor de sobra conocido. A veces no puedes evitar dejarte comer por el hambre de su carencia. Y otras te explotan.
¿Qué te voy a contar yo sobre los sándwiches?
A ti, que aprendiste a hacerlos a los 6 años. Qué rápido vives… Se te escapa el tiempo entre los dedos.
Temes llegar a convertirte en una mujer mayor, sola, rodeada de gatos. Adorable, a la que todo el mundo quiera, pero tan sola como siempre. Los gatos no suplirán el hambre de besos y caricias. Lo sabes, y te duele.
Todos tenemos miedo a hacernos viejos, pero más miedo aún tenemos a quedarnos solos. A la oscuridad. No por lo que la oscuridad supone en sí misma, sino por lo que nos hace sentir a nosotros."


La maestra de mi antigua escuela era una mujer de pelo largo, castaño. Le abrazaba la cintura aquella melena de caballo. Daba clase a los niños de 8 a 10 años. Les enseñaba a dividir y a multiplicar por dos cifras. Les mostraba las maravillas de la vida, porque iba con ellos de excursión al campo, y hablaban de bichitos. Ella sabía montones de historias, y su voz atrapaba y te conducía a la fantasía más fantástica del mundo.

Mi antigua maestra era especialista en calores. Ella hablaba siempre de los calores de la tierra, y decía que eran dos, su fuego interior y la luna. Cada vez que un volcán entraba en erupción, decía que era que la tierra se había enamorado. Cada vez que las olas se elevaban desmesuradamente, decía que la luna le había robado un amor. Sus dos calores, su fuego y su luna. Ninguno lo entendíamos, cuando nos lo contaba, pero a todos nos hacía estremecer. Y es que la importancia de los sentimientos no descansa en su comprensión, sino en su capacidad de sumergirnos en su magia incandescente.

Mi antigua maestra tenía un novio que de vez en cuando la iba a buscar a la escuela. Cada vez que le preguntábamos por su novio, ella reía y nos decía que no era su novio, sino su amigo. Un día un niño le preguntó la diferencia, y ella nos confesó un secreto, los novios nunca duraban para siempre, pero los amigos de verdad sí. Otro niño le preguntó si se daban besos y hacían cosas de esas, y ella nos contó otro secreto, ella prefería los abrazos a los besos. Pero eso no es ningún secreto, porque a mí también me pasa.

Un lunes, al llegar a clase, nos preguntó qué habíamos hecho el fin de semana, que qué tal lo habíamos pasado. Todos los niños contaron que había ido a por castañas con sus papás. Todos menos yo. Pero yo también dije que había ido, porque me daba vergüenza decir que mi papá se había olvidado de despertar aquel domingo. En el recreo, fui a contárselo a mi maestra, porque me sentía responsable por mi mentira.
-Los domingos son como los sándwiches sin queso. A veces notas que les falta algo, otras no puedes comerlos porque no saben en absoluto a sándwich, y las demás es que te saturas de ese sabor de sobra conocido.
-A mí me gustan los sándwiches con queso.
-Y a un sándwich de jamón serrano, ¿le metes queso?
-No…
-Claro, porque hay veces que te apetece y otras que no. Hay veces que los papás se olvidan de ponerle queso al sándwich.
-Ya…
-Pues los domingos son como esos sándwiches. Seguro que tu papá tuvo uno de esos domingos en los que no podía comerse el sándwich porque sin queso no sabía a nada. En esos casos, es mejor dejar pasar el día, y prepararte para la semana siguiente sonreír con más fuerza que nunca, y levantarte con ganas de todo.

Desde entonces, cuando un domingo me hago un sándwich, me olvido de echarle queso. No sé si a propósito o sin querer. El hecho es que cada domingo sabe distinto, y sepa bien o mal me sabe tan único que lo disfruto mucho más. Me gusta pasear los domingos a la mañana. La gente se olvida siempre de echar queso al sándwich, y cada casa huele distinta.

Mi antigua maestra era la persona más abrazable del mundo. Ella me enseñó a apreciar cada trozo de vida por lo que ese trozo es. Y me ayudó a entender que las diferencias son hermosas precisamente por los matices que pintan. Mi papá no supo comprender que los sándwiches sin queso solo son para los domingos, y se privó para siempre de ese placer… y desde entonces, vaga escondido en una voluta de humo de volcán, tratando de alcanzar el calor de la luna a través del calor de la tierra.

Mi papá se durmió para siempre con la tristeza de quien quiere un sándwich de queso y se despierta en domingo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

El gorrión que quería ser cigüeña

Todas las mañanas un gorrión cantaba frente a mi portal. Gorjeaba alegría y su música hacía sonrisas. Sus saltos pintaban de calidez el rocío de la hierba… pues cada amanecer la noche regaba de sudor frío el césped del parque frente a mi portal.
   
Era un gorrión pardo, tan gorrión como todos los gorriones. Pero para mí, más gorrión que ninguno. A mí me enamoró su fuerza, esa mirada de gigante cosida a un cuerpecillo brincadero.

Todas las mañanas bajaba a desayunar sol de invierno frente a mi portal, y el gorrioncillo se sentaba junto a mí, y me daba conversación. Me contaba cotilleos, peleas, escaramuzas, escafandras, viajes de helicóptero y vuelta de campana alrededor de Mercurio o Saturno. Reía cada vez que hablaba de las nubes.

-¡Pero si tú no has llegado jamás hasta ahí arriba! –yo buscaba sus cosquillas, y él reía a carcajadas.

Y entonces me hablaba de las cigüeñas. Aquel pájaro saltarín quería ser campanero de mayor, y ocupar la torre más alta de la catedral de Salamanca. A veces se aventuraba a soñar que migraba al sur, que hacía noche en la Alhambra y despertaba Gibraltar con sus canciones.

Saltaba de rama en rama y llegaba a la cima de un pino pelón; allí pasaba el día, y a la mañana siguiente me hablaba de la cigüeña a la que amaba. En voz baja, le recitaba poesías y cuentos, pero ella desde su atalaya nunca acertaba a oír su voz pequeña. Tan pequeña… A veces soñaba que se hacía grande y ella lo veía tan principillo por fuera como por dentro era su corazón.

Un día el gorrión se decidió a visitar la torre del palacio de Anaya, donde anidaba aquella cigüeña con perfil de reina y pájaros en la cabeza. Todo el día necesitó para trepar a la cima del campanario, y llegar al fin a aquel nido colosal. La cigüeña dormía… y el gorrión se moría de amor. Se acercó a ella, y con aquella voz pequeña llena de ternura cantó

No es que sea la noche
de las estrellas,
ni es que estés tú de más
en algún sitio…
de hecho, hasta tus más leves latidos
me sonrojan;
que ya los más fuertes
se encargan de darme fuerza.
(esto lo dijo casi en silencio)
Yo sólo venía a decir…
venía a decirte…
que quería coger un trozo de tu nido
para llevar siempre conmigo…
Todo lo que nunca digo
se hace grande en este silencio de plata.
Entre la luna y tus ojos de gata,
siempre lejos, lejos, lejos,
creo que me voy a enamorar.

Y el gorrión besó por dentro a la cigüeña, y fue tan dulce lo que le hizo sentir que el enorme pájaro se estremeció, soñando amor.

Pero los gorriones no están hechos de paciencia, ni de altruismo, y por encima este era muy pequeño. Se sentía tan pequeño, pero tan enorme por dentro, que de un salto se internó en la noche, y cayó al vacío.

Era el gorrión más gorrión que conocí. La luna lo salvó en el último momento, y con su magia de luna lo convirtió en belleza.

En tus ojos, veo el reflejo de la historia del gorrión más gorrión que conocí.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Hacer el amor.

En la soledad de aquella noche solo recuerdo la belleza de esas caricias. No hubo pasión, ni furia, ni acción, ni ninguna bestia desatada con hambre de luchas.

Fue solo amor.

El amor más delicado.

Hacer el amor consiste en amar cada centímetro de su cuerpo, en recorrer cada partícula de su ser como la más preciada. Mirar dentro de sus ojos y  perderte en un pozo de misterio y curiosidad insaciable.
Hacer el amor es el arte de la caricia. Tocar, rozar, sentir, y notar la magia que brota entre su piel y la tuya. Recrearte en el estremecimiento de cada aleteo tintineante de su corazón.
Disfrutar sólo sabiedo que por ese momento su pensamiento es tuyo, y saber que le estás robando un recuerdo…

Hacer el amor es el arte de robar recuerdos y coserlos en caricias y besos al corazón.

(københavn , 11.septiembre.2011)

jueves, 27 de octubre de 2011

Cuento de otoño.

Érase una vez un señor mayor, enjuto y poca cosa, de sonrisa con olor a colacao.
Érase una vez un señor que odiaba las cadenas; al que le encantaba soñar (en silencio).
Érase una vez un señor que llevaba trabajando desde que el mundo lo hizo hombre. Era un señor que llevaba siendo señor desde los diez años.
No sabía lo que era ser libre. De hecho, para él la libertad era aquella cosa de pasar una tarde sentado bajo un almendro, mirando al cielo reír.
Era un señor con nariz grande y pelos en las orejas. Los bajos de su pantalón volaban a dos dedos del suelo, y su camisa dormitaba escondida en su pantalón.
No conocía más amor que la fidelidad de su esposa, a la que jamás había visto desnudia. Ni siquiera se podía acariciar en la ducha, porque sus cadenas de señor precoz lo ataban a las buenas costumbres.

Pero tenía un pajarillo.
Jugaba con él cada mañana, cuando el sol aún no calentaba las legañas de la ciudad.
Conforme el tiempo pasaba, el señor se hizo mayor... tan mayor que tuvo que dejar de trabajar.
¿Y qué hace con su vida alguien que lleva desde siempre haciendo lo mismo, una vez que la edad lo destituye?
El señor se vio abrumado de tiempo, algo para él desconocido, ajeno y hasta un poquito peligroso. A sus años se sintió perdido, por primera vez ocioso en un mundo loco y veloz.
Y de un día para otro, como dejó al tiempo volar sobre él, se vio convertido en lo único que le quedaba de todo eso que había conocido.

Érase una vez un señor que se convirtió en pájaro, y que vivió en forma de cuento.
(30.septiembre.2011)

lunes, 30 de mayo de 2011

El gordito pobre y el pobre gordito.

¿Conocisteis alguna vez a un gordito que fuese pobre?
Yo sí.
Era un chico estupendo. Sonreía desde el fondo del alma, porque aunque apenas tenía nada (apenas la ropa que vestía y un libro que guardaba en el bolsillo), su mayor tesoro era una hoguerita de amor propio que guardaba dentro de él mismo. Cuando era pequeño, su mamá encendió una brasa, y desde entonces, él la había alimentado con todos los maderitos que encontró a su paso. Y como jamás había dejado de caminar, tampoco había parado de encontrar maderitos por todas partes. Incluso cuando no había maderitos, cogía periódicos mojados, los dejaba secar, que las noticias malas se mezclaran con las buenas, y así lo usaba para avivar su hoguerita.
Su día favorito era el solsticio de verano, la noche de San Juan. Ese día se acercaba a la playa más cercana que cruzara su camino en aquel momento, con la esperanza de encontrar en esa playa una hoguera de las que sólo hay en San Juan; de esas en las que asan chorizo y sardinas; de esas en las que se espera a que las llamas estén tranquilas para saltarlas y que así los espíritus feos no se acerquen en todo el año. Porque si a algo tenía miedo el gordito pobre era a que un espíritu malvado se acercara a su hoguerita y soplara, soplara, soplara hasta apagársela. Y también por eso, lo que hacía era mantener calentísimas las brasas, para que si soplara lo único que sucediera fuera que las llamas crecieran.
Era un chico gordito, porque aunque no tenía dinero, tenía un corazón precioso y tan, tan acogedor, que por donde iba hacía amigos que lo invitaban a suculentas comidas. Porque todo el mundo quería acercarse a él, por ese imán imparable, que atraía de una manera implícita y sorprendente. Dentro de él se escondía un duendecillo formidable, primo segundo del Príncipe de las Sonrisas (ese niño gitano de sonrisa de ardilla indomable), el Niño Cazador de Luciérnagas.
El gordito pobre siempre sonreía, porque aunque era pobre y no sabía a donde le llevarían sus pies, tenía lo esencial para vivir.

Una vez el gordito pobre pasó por una ciudad de contrastes. Las ciudades de contrastes son esas en las que el barrio rico está en el Norte y el barrio pobre en el Sur, y se nota un montón cuando vas de uno a otro, porque en uno hay señores muy ocupados con coches caros y grandes, y en el otro la gente se sienta en la calle descalza a mirar al cielo. Lo malo es que además de gente descalza, también hay gente que se pelea, y gente que roba, y gente que negocia en voz baja, porque algunos tienen la ambición de cruzar al barrio rico, y para poder llegar allí necesitan ganar dinero y poder, y a veces los caminos de la opulencia van por el lado oscuro y sucio de las calles.
En el barrio del Norte de la ciudad de contrastes vivía un pobre gordito. Sus papás no eran papás, sino padres. Habían trabajado muy duro para conseguir lo que tenían, y seguían trabajando así de duro para poder mantenerlo. Estaban tan concentrados en ello, que muchas veces el pobre gordito creía que se les había olvidado sonreír. El chico recordaba que siendo más pequeño, su padre jugaba con él a levantar castillos de naipes. Al principio los levantaban juntos, entre los dos ponían cada pequeña torre. Si el castillo se derrumbaba, se reían y lo intentaban de nuevo. Ahora su padre se había olvidado de él para jugar, y levantaba su castillo de naipes tan, tan concentrado que cada vez que se caía, se mordía la lengua y lo montaba de nuevo, sin reír ni siquiera un instante.
El pobre gordito tenía todo lo que quería, menos lo esencial.

Cuando el gordito pobre llegó a la ciudad de contrastes, visitó cada barrio, y conoció gente de uno y otro lado. En el barrio del Norte conoció a una viejecilla de piel estirada y lisa que le regaló los zapatos viejos de su hijo, que tenían las suelas sin agujerear y los cordones sin roer, que hacía años que no volvía a verla. Le invitó a ver una película en su casa, y le hizo una merienda estupenda, con sándwiches y aceitunas. El gordito pobre acabó con dolor de tripa, pero la verdad es que se lo pasó genial.
Al día siguiente fue al barrio del Sur, y mientras cruzaba una calle, un balón rodó hasta sus pies.
-¡Chico! ¡Pásamela! –le gritó un chico de su misma edad.
El gordito se la pasó, sonriendo en bajito. La cogió y siguió jugando. El gordito siguió andando, y escuchó de nuevo que le llamaban.
-¡Gordito! ¿Quieres jugar un partido?
El gordito se acercó a ellos en respuesta, y continuaron con el partido.
Cuando el sol estaba por encima de los edificios altos del centro de la ciudad, las mujeres comenzaron a salir a la calle, y el gordito vio un montón de nombres volar por encima de ellos.
-¡Juan! ¡A comer!
-¡Pedro!
-¡Sara!
-¡Martín!
-¡Charo! ¡Ahora mismo a casa!
Y los chicos empezaron a dispersarse. El gordito se sentó en el bordillo, se sacó el libro del bolsillo de atrás y siguió leyendo. El chico que le había llamado para jugar se acercó a él y le preguntó qué leía. Así se sentó a su lado, y hablaron. Una mujer enfadada sacó la cabeza del primer piso del edificio de enfrente, y apuntando al chaval con un cucharón de madera, le amenazó con dar su comida al perro. Entonces, el niño se disculpó, y se fue corriendo. El gordito siguió leyendo.
De ahí a un rato, la mujer volvió a sacar la cabeza por la ventana, y amenazó al gordito con que subiera a comer, a no ser que quisiera que ella bajara a por él.
-¡Primer piso, lado izquierdo! ¡Se me están enfriando las salchichas!
El gordito se guardó su libro, y subió corriendo las escaleras. La mujer enfadada le daba un poquito de miedo, pero sin saberlo ella también había echado un maderito en su hoguera interior, así que él se sentía obligado a sentarse a su mesa y comer aquellas salchichas de barrio del Sur.

El pobre gordito se encerraba cada día en su casa para jugar a la consola, para leer libros, para pintar mundos y para soñar en silencio (porque a papá le ponía nervioso el ruido). Iba del colegio a casa y de casa al colegio. Y los miércoles un señor con bigote que trabajaba en su casa le llevaba a clases de pintura, y dedicaba dos horas a la semana a pintar fuentes con naranjas, o jarras de limonada. A veces también pintaba pepinos, si la profesora estaba contenta.
Un día al bajar del bus del colegio, se encontró al gordito sentado en el bordillo de su casa, y aunque le quiso preguntar qué hacía, no fue capaz, bajó la cabeza y entró en casa corriendo. Durante varios días se encontró al gordito pobre por la ciudad. De camino a la clase de pintura, y al salir de la clase. Pero siempre tenía vergüenza a hablarle. Era tímido y un poco cobardica, y además no estaba acostumbrado a querer hablar con desconocidos. Tenía miedo, miedo de ese que te enseñan a tener cuando eres pequeño si no quieren que te metas en problemas y que no te pase nada malo; miedo de ese que olvidas tener cuando no tienes nada que perder.
Así que el segundo miércoles que salía de la clase de pintura, mientras esperaba al señor con bigote, el gordito pobre pasó por la puerta de la clase, y el pobre gordito le sonrió, y luego bajó atemorizado la cabeza. Sin quererlo echó un maderito pequeñín en la hoguerilla del gordito pobre, y este, alimentado por la fragilidad de su sonrisa, se acercó a él, y al ver el cuadro que el otro chico escondía, le preguntó si se lo dejaba ver. Los ojos azules del gordito pobre hicieron magia y al pobre gordito se le cayó un poco de miedo por un agujero escondido en el bolsillo izquierdo. Eran pepinos. Unos pepinos deliciosos, que prometían una ensalada fantástica, con lechuga, tomate, maíz, y quizás incluso queso y manzana. Hablaron cinco minutos.
El pobre gordito no lo volvió a ver, pero no olvidó jamás aquella sonrisa llena de espumas y golondrinas. Esa sonrisa del correcaminos más ambicioso de vida del mundo. La sonrisa del primer protegido del Niño Cazador de Luciérnagas.

lunes, 2 de mayo de 2011

Había una vez un señor importante.

(¿quieres leer la versión original en gallego?)


Había una vez un señor importante. Vestía traje, pantalones de pinza, camisas de un solo color y corbatas negras. Bueno, a veces azul marino. Era jefe de un banco importante, y llevaba siempre un maletín negro lleno de papeles importantes. Y a su cargo tenia un importante número de empleados. Se ocupaba de asuntos importantes, y su superior estaba orgulloso de poder contar con tan seria y responsable persona.
No era padre de familia, ni tío de ningún niño risueño, ni dueño de ningún perro de esos con pulgas en el culo. No tenía mujer ni hijos, y todos los domingos comía solo. Contra todo indicio, no ponía las noticias para comer, porque no le gustaba la televisión. Tampoco le gustaba demasiado leer el periódico, pero lo tenía que hacer para poder dar la talla en el trabajo. ¡Los hombres importantes tienen que estar al tanto de lo que pasa en el mundo!
No era demasiado feliz, pero iba tirando. Cuando alguien le paraba por la calle, tratándolo de usted, y le preguntaba qué tal, respondía “vamos tirando” con cara de circunstancias. Y todos le devolvían la cara de circunstancias, aunque no supieran qué carajo de circunstancias tenía el señor importante.
De vez en cuando, tenía que hacer un viaje por motivos de trabajo. Muchas veces la gente cree que este tipo de viajes son sólo la tapadera para escaparse con la amante, pero en el caso de este hombre, no. Él iba a trabajar fuera de la ciudad, y aunque iba por obligación, aprovechaba estupendamente estos viajes para hacer algunas cosas que son un poco menos de señor importante. Menudeces como ir a dar de comer a los patos de los estanques y sentarse en los parques a ver a los niños jugar.
El señor tenía un bigote tupido, tupido, que crecía un poco a lo loco, y que él intentaba enderezar una vez cada dos semanas, con la visita al barbero. El señor no sabía por qué tenía aquel bigote, pero le daba sensación de gustito cuando echaba de menos a alguien, porque se frotaba el bigote, y sonreía un poco más de verdad. El señor recordaba cuando era pequeño, y frotaba el bigote de su abuelo, sentado sobre sus rodillas. El abuelo estornudaba y reía, porque a veces si frotas el bigote hace cosquillas. Su abuelo también tenía bigote, aunque no fuera un hombre muy importante. Pero creo que él si que era más feliz, porque sonreía mucho. Sobre todo, cuando estaba cerca su pequeño, haciendo de las suyas. “¡Este cativo é malo como un demo!” (¡Este niño es malo como un diablo!), decía el abuelo, corriendo detrás de él; cuando lo cogía, lo tiraba por los aires, y el señor importante, que aún no era señor ni importante, gritaba y reía muy alto. Echaba de menos reír tan alto.
Tenía por costumbre ir los domingos a la mañana, después de misa, a tomar un chocolate caliente a una chocolatería cerca de la plaza. La dueña del local era una señora abundante en carnes y alegrías. La chocolatería se había hecho muy famosa a raíz de un suceso acontecido varios años atrás. Resulta que un escritor famoso había visitado la pequeña ciudad de la costa, y había entrado en aquel sitio, atraído por los abundantes jarrones de flores. “Y así fue que entré en un hermoso local, con aroma a chocolate caliente y flores recién cortadas”, había escrito el hombre. Es que la señora vivía en el piso superior, y tenía una terraza llena, llenísima de flores de todos los tipos. Sabía la señora lo que no está escrito sobre cómo cuidarlas, cuales estaban de según qué modo en según qué época del año, y escogía los mejores ejemplares para su chocolatería. “Gústame que a xente entre pola porta e que lle entre a beleza no mirar. A xente é distinta cando ten flores fermosas nos ollos” (Me gusta que la gente entre por la puerta y que le entre la belleza en la mirada. La gente es distinta cuando tiene flores hermosas en los ojos). Y tengo que deciros un secreto: resulta que el señor importante estaba enamorado de la señora chocolatera. Tenía ella un gato precioso. Un gato que sentaba en una cestita que había en la ventana, dando al jardín de atrás (donde también abundaban macetas con flores). La señora chocolatera era una mujer activa, que no paraba un segundo. Ella sola llevaba su pequeño negocio, sin necesitar a nadie más que a sí misma para manejarlo. Conocía a todos por su nombre, pero siempre trataba a sus clientes de usted. Incluso a los niños pequeños, lo que los llenaba de orgullo y amor propio. No se ponía nunca nerviosa con nada, y eso era lo que más le gustaba al hombre importante. Para ella, él no era un hombre importante. Era un cliente más, a la altura de un cualquiera de la calle, porque al fin y al cabo ambos tenían el mismo valor. Ambos tomaban una taza de chocolate. Ambos pagaban. Ambos se iban.
A veces ella se acercaba a hablar con él, porque al cabo del tiempo ya se conocían. Ella sorprendía sin querer al señor importante mientras bebía. “¿Que tal está o seu chocolate, señor?”. Y él pensaba, “que molesto que se me llene el bigote de pegotes cuando bebo chocolate”, y después se limpiaba con un pañuelo blanco que llevaba en el bolsillo. “Estupendo”, decía, y sin atreverse a sonreír repetía “estupendo”. Y entonces ella reía y decía “o chocolate non está pensado para xente da nosa idade, que semellamos nenos cando nos manchamos, señor. Mírese o bigote” (el chocolate no está pensado para gente de nuestra edad, que parecemos niños cuando nos manchamos, señor. Mírese el bigote). Y él se sentía un poco ridículo, y se limpiaba enseguida. Un día, sin querer, se le escapó una carcajada, y ella lo miró, incrédula. “Sempre me pasa o mesmo, señora. Un día vou ter que afeita-lo bigote”. “¡Ah! Logo sentiríase un pouco alleo a si mesmo. Botaríao de menos”. “¡Verá, verá! Un día cortarei o bigote” (Siempre me pasa lo mismo, señora. Un día voy a tener que afeitarme el bigote) (¡Ah! Después se sentiría un poco ajeno a sí mismo. Lo echaría de menos) (¡Verá, verá! Un día me afeitaré el bigote). Y ella sonrió, como quien sonríe a un niño que dice que de mayor va a ser astronauta.
Así que un sábado, que era el día de ir al barbero, le pidió que le afeitara el bigote. El barbero también lo miró sorprendido. “¿Está seguro, señor?”. “Si, claro que estou”, afirmó con rotundidad. Y al día siguiente, cuando fue a tomar el chocolate, la señora ni lo reconoció, y lo trató como a un cualquiera. Ahí fue cuando comprendió el señor importante que no era tan poca cosa, aunque tampoco fuera tan importante. “¿Veu, señora, como afeitei o bigote?”. La mujer comprendió, con sorpresa, con quien hablaba. Asomó una bonita sonrisa por un resquicio de su boca. “Está máis guapo, así”, contestó como quien habla con un viejo amigo. A él se le llenó de ternura la tripa. Y luego puso cara de niño satisfecho. Porque la verdad es que el señor importante tenía un gran niño dentro de él.
Y fue a partir de entonces que empezó a hacer cosas que antes nunca hubiera hecho. Algunos domingos salía en coche por la tarde, e iba a la playa a mirar las olas desde el asiento. Compraba flores y las ponía en una jarra en la cocina. Sonreía para sí mismo por las mañanas, al espejo del baño. Se echaba colonia. Se sentía más joven que nunca.
Un sábado al atardecer le entró una voluntad muy rara, y decidió en un impulso hacer una cosa que llevaba mucho tiempo deseando hacer. Y sin pensarlo más, fue derecho a la chocolatería, y desde fuera del cristal miró a la mujer, que acababa de barrer el suelo. Inspiró, para coger fuerzas. Tocó suavemente al cristal. La mujer, sorprendida, abrió la puerta y dijo “hoxe é sábado, señor, e ademais xa pechei”. “Non, señora, quería preguntarlle unha cousa” (Hoy es sábado, señor, y además ya he cerrado. No, señora, quería preguntarle una cosa). ¿Por qué se tenía que poner tan rojo? “Dígame, señor”¿Por qué se tenía que poner tan roja? “Querería saber se tiña algún plan para hoxe á noite” (Dígame, señor. Me gustaría saber si tenía algún plan para esta noche). “Non, non teño. ¿Por?” .“Gustaríame invitala a cear”. (No, no tengo, ¿por? Me gustaría invitarla a cenar) ¡Flash! Un intento de media sonrisa iluminó la cara de la mujer.

Fue la noche más bonita de la vida del señor importante. Hablaron como niños, sin parar. Rieron, y rieron, y rieron. Tenían tanta vida dentro, que podrían haber pasado la noche hablando. Y aunque eran dos adultos hechos y derechos, reconocieron en los ojos del otro un chispazo de alegría infantil, como cuando dos personas que están destinadas se encuentran, y sienten que las cosas empiezan a ir por su camino. Ninguno le dijo nada al otro, pero ambos lo sabían.
Y el señor importante dejó de ser importante para todos, y empezó a ser importante para ella. Y ella dejó de ser la mujer de nadie para ser la de él.
Las flores crecían con colores vivos en el jardín.

Había unha vez un señor importante.

(¿prefieres leerlo en castellano?)
 
Había unha vez un señor importante. Vestía traxe, pantalóns de pinza, camisas dunha soa cor e garabatas negras. Bueno, a veces azul mariño. Era xefe dun banco importante, e levaba sempre un maletín negro cheo de papeis importantes. E ao seu cargo tiña un importante número de empregados. Ocupábase de asuntos importantes, e o seu superior estaba orgulloso de poder contar con tan seria e responsable persoa.
Non era pai de familia, nin tío de ningún cativo risoño, nin dono de ningún can deses fervellos de cu movido. Non tiña muller nin fillos, e tódolos domingos comía só. Contra todo indicio, non poñía o telexornal para xantar, porque non lle gustaba a televisión. Tampouco lle gustaba demasiado ler o xornal, pero o tiña que facer para poder da-la talla no traballo. ¡Os homes importantes teñen que estar ao tanto do que pasa no mundo!
Non era demasiado feliz, pero ía tirando. Cando alguén o paraba pola rúa, tratándoo de vostede, e lle preguntaba qué tal, respondía “imos tirando” con cara de circunstancias. E todos lle devolvían a cara de circunstancias, aínda que non souberan qué carallo de circunstancias tiña o señor importante.
De cando en cando, tiña que facer unha viaxe por motivos de traballo. Moitas veces a xente cre que este tipo de viaxes son só a tapadeira para ir ver á namorada, pero no caso deste noso home, non. El ía a traballar fóra da cidade, e aínda que ía por obriga, aproveitaba estupendamente estas viaxes para facer algunhas cousas que son un pouco menos de señor importante. Miudezas como ir dar de comer ós patos dos estanques e sentar nos parques a ver aos nenos xogar.
O señor tiña un bigote tupido, tupido, que medraba un pouco á brava, e que el intentaba endereitar unha vez cada dúas semanas, coa visita ao barbeiro. O señor non sabía por qué tiña aquel bigote, pero lle daba sensación de gustiño cando botaba de menos a alguén, porque remexía no bigote, e sorría un pouco máis de verdade. O señor lembrábase de cando era pequecho, e remexía no bigote do avó, sentado nos seus xeonllos. O seu avó esbirraba e ría, porque a veces remexer no bigote fai cóxegas. O seu avó tamén tiña bigote, aínda que non fora un home moi importante. Pero creo que el si que era máis feliz, porque sorría moito. Sobre todo cando estaba o netiño preto, facendo falcatruadas. “¡Este cativo é malo como un demo!”, dicía o avó, correndo detrás del; cando o collía, o tiraba polos aires, e o señor importante, que aínda non era nin señor nin importante, berraba e ría moi alto. Botaba de menos rir tan alto.
Acostumaba ir tomar os domingos á mañá, despois da misa, un chocolate quente a unha chocolatería preto da praza. A dona do local era unha señora abundante en carnes e alegrías. A chocolatería fixérase moi famosa a raíz dun suceso acontecido varios anos atrás. Resulta que un escritor famoso visitara a pequena cidade da costa, e entrara naquel sitio, atraído polos abundantes xarróns de flores. “Y así fue que entré en un hermoso local, con aroma a chocolate caliente y a flores recién cortadas”, escribira o home. É que a señora vivía no piso superior, e tiña unha terraza chea, cheísima de flores de tódolos tipos. Sabía a señora o que non está escrito sobre como coidalas, cales estaban de segundo qué modo en cadansúa época do ano, e escollía os mellores exemplares para a súa chocolatería. “Gústame que a xente entre pola porta e que lle entre a beleza no mirar. A xente é distinta cando ten flores fermosas nos ollos”. E, teño que dicirvos polo baixo, resulta que o señor importante estaba segredamente namorado da señora chocolateira. Tiña ela un gato precioso. Un gato que sentaba nunha cestiña que había na ventá, dando ao xardín de atrás (onde tamén abundaban macetas con flores). A señora chocolateira era unha muller activa, que non paraba un segundo. Ela soa levaba o seu pequeno negocio, sen necesitar de ninguén máis que dela mesma para gobernalo. Coñecía a todos polo nome, pero trataba sempre aos clientes de vostede. Incluso aos nenos pequenos, e isto enchíaos de orgullo e de amor propio. Non se poñía nunca nerviosa con nada, e iso era o que máis lle gustaba ao home importante. Para ela, el non era un home importante. Era un cliente máis, á altura dun calquera da rúa, porque ao fin e ao cabo ambos tiñan o mesmo valor. Ambos tomaban unha cunca de chocolate. Ambos pagaban. Ambos marchaban.
A veces ela achegábase a falar con el, porque ao cabo do tempo xa se coñecían. Ela sen querer sorprendía ao señor importante mentres bebía. “¿Que tal está o seu chocolate, señor?” E el pensaba, “que molesto que se me encha o bigote de pegotes cando bebo chocolate”, e despois se limpaba cun pano de cor branca que levaba no peto. “Estupendo,” dicía, e sen atreverse a sorrir repetía “estupendo”. E ela entón ría e dicía, “o chocolate non está pensado para xente da nosa idade, que semellamos nenos cando nos manchamos, señor. Mírese o bigote”. E el sentíase un pouco ridículo, e se limpaba de contado. Un día, sen querer, escapóuselle unha gargallada, e ela mirouno, incrédula. “Sempre me pasa o mesmo, señora. Un día vou ter que afeita-lo bigote”. “¡Ah! Logo sentiríase un pouco alleo a si mesmo. Botaríao de menos”. “¡Verá, verá! Un día cortarei o bigote”. E ela sorriu, como quen sorrí a un neno que di que de maior vai ser astronauta.
Así que un sábado, que era o día de ir ao barbeiro, pediulle que lle afeitara o bigote. O barbeiro tamén o mirou sorprendido. “¿Está seguro, señor?”. “Si, claro que estou”, afirmou con rotundidade. E ao día seguinte, cando foi a toma-lo chocolate, a señora non o recoñeceu, e o tratou como a un calquera. Aí foi cando se decatou o señor importante de que non era tan pouca cousa, aínda que tampouco fora tan importante. “¿Veu, señora, como afeitei o bigote?”. A muller comprendeu, con sorpresa, con quen falaba. Asomou un sorriso bonito pola beira da súa boca. “Está máis guapo, así”, comentou como quen fala con un vello amigo. A el enchéuselle de tenrura toda a tripa. E logo puxo cara de neno satisfeito. Porque a verdade era que o señor importante tiña un gran neno dentro del.
E foi a partires de cortar o bigote que empezou a facer cousas que antes non acostumaba. Algún domingo collía o coche pola tarde, e ía á praia a mirar as ondas dende o asento. Mercaba flores e as poñía nunha xerriña na cociña. Sorría para si polas mañás, no espello do baño. Botaba colonia. Sentíase máis mozo que nunca.
Un sábado á noitiña entroulle unha vontade moi rara por dentro, e decidiu nun impulso facer unha cousa que levaba moito tempo desexando. E sen pensalo máis, foi dereito á chocolatería, e dende fóra do cristal mirou á muller, que remataba de varre-lo chan. Inspirou, para coller forzas. Petou suaviño no cristal. A muller, sorprendida, foi abri-la porta, e dixo “hoxe é sábado, señor, e ademais xa pechei”. “Non, señora, quería preguntarlle unha cousa”. ¿Por que se tiña que por vermello? “Dígame, señor”. ¿Por que se tiña que por vermella? “Querería saber se tiña algún plan para hoxe á noite”. “Non, non teño. ¿Por?” “Gustaríame invitala a cear”. ¡Flash! Un intento de medio sorriso iluminou a cariña da muller.

Foi a noite máis bonita da vida do señor importante. Falaron coma nenos, sen parar. Riron, e riron, e riron. Tiñan tanta vida dentro, que poderían quedar falando toda a noite. E aínda que ámbolos dous eran xa adultos feitos e dereitos, recoñeceron nos ollos do outro un brinquiño de alegría infantil, como cando dous persoas que están destinadas se atopan, e senten que empezan a ir as cousas polo bo curso. Ningún dixo nada ao outro, pero os dous o sabían.
O señor importante deixou de ser importante para todos, e empezou a ser importante para ela. E ela deixou de ser a señora de ninguén para ser a del.
As flores medraban con colores vivos no xardín.