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jueves, 13 de octubre de 2011

Ella era la gitanilla de sus ojos.

La hermanita en la que nunca se había fijado, porque siempre guardaba sus ases en la manga, siempre mirando al infinito desde la retaguardia. Parecía que así lo había planeado de pequeña, pasar desapercibida como patito feo para que al convertirse en el cisne más hermoso de todo el lago.
Sus ojos marrones, esos ojos que inspiraban alegría innata. Su pelo negro, largo, y su cascabel sonando a su paso. Su sonrisa cómplice, animando a salir a comerse el mundo.
¿Cómo había tardado tanto en encontrarla?

Todo fue a partir de una noche de lluvia. No es que lloviera mucho allí, pero esa noche concreta recordaba los goterones colándose por el cuello del abrigo. Aquella noche se fijó por primera vez en su sonrisa de hermana. Irse de fiesta había sido una buena idea. Probó la droga de sus sonrisas, y desde entonces no ha querido dejar de recordarla al menos una vez por semana. Y recordarla le inspira historias. Le inspira cuentos.

Y se preguntó, ¿qué historia querrías contarle?
Pensó, pensó, pensó.
Y de pronto el pequeño selenita le susurró una historia…

Érase una vez un elefante negro. Era un elefante grandote, abrazable, tranquilo y maloliente. Como era maloliente, sólo se acercaban a él los jabalís, porque ellos también se rebozaban en barro y olían tan mal como él. El elefante negro era feliz entre aquellos pequeños animalejos. Sabía que no eran como él, pero también tenían colmillos, así que se sentía como su hermano mayor. Los jabalís adoraban al enorme animal. Y es que el elefante negro se sabía un montón de historias, porque había conocido a muchísimos animales, y tenía una memoria tan fantástica que jamás olvidaba una voz, ni aquello que la voz le había contado.
El elefante negro contó una noche que él había viajado a lugares lejanos. Contó la historia de la ciudad. Porque en una ocasión el elefante había viajado a una ciudad. “¿Y cómo son las ciudades?”, preguntó un jabalí, emocionado ante algo tan extraño. “Veréis, las ciudades son lugares hostiles a primera vista. Nadie se te acerca a dar conversación, nadie escucha las historias que la calle susurra a través de las alcantarillas. Nadie da de beber a los sedientos, ni cama a los viajeros. Pero todo es saber buscar. Una vez aprendes a moverte, descubres lugares estupendos. Las ciudades tienen de bueno que hay tanta gente que nadie repara en animales grandes como yo. Y por la noche, un montón de gente tira tesoros en unos cubos gigantes, que recogen al cabo de las horas para llevárselos a la tierra de los tesoros. Si eres listo, puedes hallar maravillas rebuscando entre lo que la gente tira. Como yo huelo mal, y nadie repara en mí, podía buscar a mis anchas” contó el elefante. Los jabalís escuchaban extasiados al elefante negro.
Una vez encontró entre los tesoros un contrabajo. ¡Imagínate qué afortunado se sintió! Y es que resulta que el elefante negro tenía música y soles cosidos en su gruesa piel oscura, y aquel contrabajo fue para él la manera de canalizar todo aquello que la ciudad le hacía encerrar en su coraza. Solamente podía mover el arco por las cuerdas con su trompa, pero daba igual, él era feliz. Por las noches, se llevaba el contrabajo a un parque, y allí tocaba, tocaba, tocaba.
Una noche, mientras rebuscaba tesoros, vio una cola larga y pelada moverse bajo sus patas. Ahogó un barrito, y se quedó más quieto que una estatua, notando un escalofrío recorrer su larga columna. Tanto, tanto duró el escalofrío, que cuando se dio cuenta, una rata lo miraba desde encima de una caja. Tenía en las manos un bote de cacahuetes, y le ofreció uno. El elefante sonrió, pese al miedo que aún sentía, y se llevó el bote a la boca. Sin saber cómo ni por qué, comenzaron a hablar, y para cuando se dieron cuenta, estaban yendo al parque al que el elefante siempre iba a tocar de noche.
Al llegar allí, el elefante negro afinó a su manera el instrumento, y la rata se sentó en frente, viéndolo tocar. Cuando se aburrió de escuchar siempre las mimas cuatro notas, se subió al mástil y empezó a pulsar las cuerdas. ¡Qué sorpresa la suya al ver que las notas variaban! ¡¡Y qué sorpresa la del elefante, al notar a la rata corriendo de arriba a abajo del contrabajo!!
Durante mucho tiempo, el elefante negro y la rata compartieron noches en vela tocando, en aquel parque amable, que los aceptó a la luz de una farola como a huéspedes de honor, dando conciertos a la luna.
Fue entonces quizás que la música comprendió que estaba hecha para ser compartida, y desde aquel día cada vez que un elefante escucha jazz, nota un pálpito de alegría y añoranza, y cuando una rata oye un contrabajo, sale de su casa a olisquear la música de la calle
 Y es por eso que cada vez que un músico toca en la calle, la magia del elefante negro, cuentacuentos de la sabana, se le mete entre las venas y no puede dejar de sentir la emoción contenida de los jabalís que oyen su historia.

miércoles, 13 de abril de 2011

Escuchó sonar un acordeón.

Escuché sonar un acordeón. Se subió a su martilleo, inspiró de su aroma a mar y, para cuando se dio cuenta, se encontraba volando. Su cuerpo se mecía al son del vals encabritado, y su mente surcaba tempestades al compás. De pronto, era un barquito de cáscara de nuez, y la luna le cantó, para acompañar aquella noche perra y para dejar un poquito menos solo a aquel acordeón abandonado al sueño.

¡Pero no! Jamás se quedaba solo el acordeón. Retomó el rumbo, y en una escala menor viró ría adentro, quizás buscando el dulce abrazo de mar y río, Surcaba las aguas tranquilas, pero constantes, y se emocionó su luna entre corrientes de agua dulce y salada. La pasión de los besos del mar conducía en remolinos la calma del río y su inocencia. Entre lagrimones de sueño, se acercó a una orilla, mientras oía el susurro en su oído de una nana y un beso de buenas noches.

El gitanillo volvió a la realidad, a su balconcillo en el callejón estrecho de piedra. Se desató al acordeón con cuidado, y lo llevó con ternura, dormidito como estaba. Desde los tejados, los gatos movían sus colas, aplaudiendo el concierto. Y la luna, su hermana del cielo, bostezó una última vez antes de arroparse en una nube.

domingo, 6 de marzo de 2011

La luna iluminaba el salón a través del ventanal.

La luna iluminaba el salón a través del ventanal. Luna llena de marzo. Era una noche cualquiera, en un barrio del centro, en una casa más vieja que las que se alzaban alrededor. El matrimonio roto del tercero había acabado su pelea nocturna, y la puerta del portal chirrió al abrirse.

Clara entró en su piso. Tenía el estómago vacío y el corazón hambriento. Por eso se hizo la cena más deliciosa del mes, aquella que dedicaba a las noches de amor insaciado. Siempre llenaba de verduras uno de los cajones del congelador, y cuando sentía despertar esa tristeza sacaba el brécol y preparaba esa salsa que su primer novio le había enseñado a hacer. Y de postre, tarta de queso. Nunca tomaba el postre esa noche, sino que lo dejaba para el día siguiente. Se recreaba en los escaparates de las pastelerías, y mismamente en su frutería. Disfrutaba más viendo la comida que comiéndosela.

Se ponía lencería de la que guardaba en la caja debajo de la cama. Esa que compraba en sus arrebatos consumistas, cuando necesitaba comprar algo simplemente porque sí. Y solo la sacaba para esas noches de luna llena, velas en el salón y brécol con salsa.

A veces hasta se sentía con ánimos de emborracharse. Ella, que jamás bebía ni fumaba, adoraba pasar una noche junto a una botella de licor café, y quedarse hasta la madrugada viendo la ciudad a través de la ventana.

A veces, hasta se hacía el amor en silencio, con tiento y cuidado para no despertar a las estrellas.

domingo, 13 de febrero de 2011

Si había algo que le fastidiaba a Clara de ser pobre

Si había algo que le fastidiaba a Clara de ser pobre era vivir en esa casa con las paredes de papel. No sólo tardaba en dormirse, envuelta en las peleas del matrimonio del tercero. También se despertaba escuchando las mismas canciones de siempre, esas que sonaban a radio comercial, a calimocho y a colonia de chico. Por eso se había habituado a madrugar los domingos, para despertarse entre rayos de sol y recuerdos de infancia, con esa sensación que la inspiraba a ensalada con queso y manzana, a filetes empanados y a tortilla de patata. Por eso los domingos madrugaba, y ponía ella la música. Porque era su único día, y su día especial no tenían derecho a estropeárselo aquellas paredes de papel del cuerno.

Pero aquel viernes era más de los de siempre. De llegar rendida de la frutería, hacer pizza y ver una peli. Y a medianoche, salir a dar un paseo, dar tiempo a la pelea habitual, y volver a casa para dormirse envuelta en su abrigo de paz y calma. Así que se dio su tiempo, y para cuando tocaba el paseo, se enfundó en abrigo, guantes, bufanda y una sonrisa temporera, y salió a la noche. Y fue callejeando, perdiéndose en un laberinto de piedras y pensamientos.

Entonces, un sonido de marineros, poesía y vino la sacó de su pecera. Y la condujo en su hechizo hasta un estrecho callejón. Dos cubos de la basura pintarrajeados franqueaban la entrada, con un gato sentado al trono. Nadie más. Pero alzó la vista, y vio en una terraza una figura tocando el acordeón. Y, frente a él, desde los tejados, un puñado de gatos escuchaban atentos. Clara se detuvo, como una gata más, hechizada por aquel sonido mágico, tierno, puro y místico.

Miraba, intentando escrutar la noche, pero las sombras oscurecían los detalles. Así que se dejó envolver, y se sentó en un escalón, mecida por la música.
¡Qué música!
Qué música…

Y estaba tan a gustito allí. No se había sentido tan bien en ningún otro sitio desde hacía mucho tiempo. Daba igual que llevara media hora sentada en un escalón frío, mojado, en medio de la calle y a mitad de la noche. Se sentía mejor que en un palacio, realmente.

Y entonces la música paró. Escuchó cómo abrían una puerta, movían una silla y cerraban. ¿Cerraban? No, no. Aún no.

-¿Hola? –susurró una voz.

miércoles, 19 de enero de 2011

Entonces, pasó un niño corriendo (II)

(así empezó esto)

»Entonces, pasó un niño corriendo. Y al pasar bajo el árbol una lágrima le mojó la cocorota, y el niño miró hacia arriba. Y allí la vio. Tan triste, flaca, sola y perdida. Y un poquito más inalcanzable.
“¿Te ayudo a bajar?”
“¡Sí, por favor!”
»Y le ayudó a bajar, quién sabe cómo. Quizás le prestó un poquito de su habilidad de escalador. Porque aquel niño era algo ardilla. Y cuando bajaron, el niño le regaló una sonrisa grande, grande de veras. Y la niña sintió de pronto una cosa calentita en el pecho. Tosió de la sorpresa.
“¿Quieres venir a ver a mi abuelo? Él vive aquí cerca, y así te podrás secar”
“Oh. Vale”
»Por el camino él habló sin parar. Le contó un montón de cosas que había hecho, ¡y todas le parecían tan divertidas a la niña! Pensar que no había hecho ninguna… Una sombra le cruzó el rostro.
“¿Qué fue eso?”
“Jo, es que yo nunca he comido tantos melocotones que la tripa se me durmiera, ni he ido a lanzarme contra las olas, ni le he cantado una nana a ningún búho…”
“Seguro que tampoco te has decidido a hacerlo”
“Ya…”
“¡Ahora que estás mojada, podemos ir a jugar con los charcos!”
“Oh”
Y no esperó. La cogió de la mano y se la llevó corriendo. Y por cada charco que pasaban saltaba con fuerza, con los dos pies, salpicándose tanto que al pasar la tarde hasta su corazón chorreaba agua. Pero era extraño, porque el calo del pecho cada vez era más grande. Y le daba más tos.
“Ahora sí, vamos a secarnos a casa de mi abuelo”
Y llegaron a casa del hombre, donde éste recibió al chiquillo con un abrazo.
-¿De oso? –preguntó Jal.
-No, no; de tigre –sonrió su hermano.
-¡Uala! ¡De tigre!
-Y entonces el abuelo se fijó en la niña, y su mirada se perdió. Cuando regresó, el niño le tiraba de una manga, y le preguntaba algo.
“En la cocina”, le dijo, y el niño se fue corriendo. La niña tosió, y la mirada del hombre se volvió hacia ella.
“¿Tienes frío?”
“No, no. Es que me pica el pecho”
“Hum”, murmuró. “Será porque te has mojado”
Se encogió de hombros, y se miró los pies calados. Después de un rato, volvió el niño corriendo con dos bocadillos de... –Kavi lo dejó en el aire.
-¡De chocolate!
-¡Jo, los favoritos de la niña! ¡Has acertado!
»Y de nuevo volvió ella a sentir el calor en el pecho. Después de merendar, se secó los pies y se sentaron junto a la chimenea para no constiparse. Y cuando se hacía de noche, volvieron a casa.
»Y desde entonces, cada día los dos niños iban a jugar juntos. Y ella cada vez sentía que el calor del pecho le daba más y más tos. Hasta que cayó enferma, y el niño se puso muy triste.
“No, por favor”, rogó ella.
“¿Qué te pasa?”, él no comprendía.
“Si te pones triste, me entra viento por dentro, y se me quitan las ganas de cantar”
“¿Pero se te pasa la tos?”
“Un poquito”, confesó ella, bajando la voz.
Y eso lo entristeció más. Y a ella se le fue más la tos. Mil médicos trataron de acertar a decir la enfermedad que tenía. Le dieron cientos de jarabes, remedios, ¡hasta conjuros! Pero nada, porque lo único que la curaba era ver al niño triste. Y eso, aunque no lo supiera, la consumía por dentro.
»Y entonces, un día, fue a verla el abuelo del niño. La saludó con un beso en la cabeza, y al ver que ella tosía sonrió de un modo extraño. Empezó a sacar herramientas de un bolso, y entre muchos aparatos sacó un reloj, y lo desmontó.
“¿Qué hace?”
“Curarte”
Se encogió de hombros. Había muchas cosas que no entendía. Pero era el niño quien hacía siempre las preguntas.
“¿Qué vas a hacer, abuelo?”
“Lo único que se puede hacer. Has nacido con un corazón de piedra, que no admite alegría. Cuando sientes felicidad, te entra un picor que te da tos, porque la piedra con el calor rasca. Soy relojero, así que voy a cambiarte el corazón por un reloj”
Le entró un miedo muy grande, y enmudeció.
“Pero, ¿de qué es el reloj?”
“De viento, nube y arena”
“¿Y eso al ayudará?”
“Las sonrisas vuelan, las lágrimas mojan y el amor arde”, contestó, dando todo por sentado.
A la niña, poco acostumbrada a los sentimientos, le volvió a entrar tos. Pero, era cierto, su corazón era de piedra, así que se encogió de hombros.
»Al día siguiente, se despertó distinta. A su lado, su mamá sonreía. Le entró calor por dentro, y le devolvió la sonrisa. A su mamá le cayeron dos lágrimas, pero ella no supo que eran lágrimas de felicidad. De pronto, no era feúcha, sino que era preciosa. Yo no estaba sola. Incluso su flaqueza era bonita. El niño fue a buscarla. Y juntos fueron a jugar a volar con murciélagos. Y su risa cantarina enamoró al niño aquel que tiempo atrás la rescató de aquel alto árbol de tristeza.

Jal, acurrucado sobre su hermano, sonreía. Sus ojos estaban cerrados, y su pecho subía y bajaba acompasadamente. Respiraba tranquilo. Kavi apagó la lámpara, y se tapó bien con las mantas. Las gotas repicaban sobre el techo, y un gato maulló en la calle. La luna llena brillaba en la ventana.

domingo, 16 de enero de 2011

Kavi escuchaba el gotear constante (I)

Kavi escuchaba el gotear constante, tranquilo, contra las tejas. Era de veras un sonido relajante, de esos que hacen asomar una sonrisa. Lo único que no le gustaba de la lluvia era que los gatos no venían a escucharle tocar, y se sentía un poco solo sin esas siluetas moviendo colas sobre los tejados, en las noches de sombras.

Era una noche de invierno, y el frío húmedo del país de los charcos se colaba por entre los resquicios el ventanal. De vez en cuando le acariciaba un escalofrío, y él bebía un sorbo de su taza humeante.

Toctoc

Kavi sonrió. La puerta se abrió, y una naricilla morena se asomó, insegura.
-Tengo frío, Kavi –barbotó, excusándose, el gitanillo.
-Pasa, bichejo –y le hizo un hueco entre las mantas y la colcha. Se arrejuntaron, y Kavi notó el frío de su hermano -. Y tenía un poco de ganas de una historia –entornó la cabeza y miró hacia arriba, con esos ojazos verdes de cachorrillo.
-¿De una historia bonita, Jal?
-Sí, sí., De una historia de sonrisa grande y abrazo de tigre.
-¿Y luego te duermes?
-¡Claro! –se hizo un ovillo.
-Pues te voy a contar… la historia de la niña del corazón mecánico.
 »Érase una vez una niña. Era un poco feúcha, de esas niñas de piernas flacas, tobillos delgados, ojos vidriosos y sonrisa melancólica.
-¿Qué es melancólica?
-Que está triste, porque siempre esperó a que llegara algo, y con el tiempo la pena le ha mojado el corazón.
»Le costaba acercarse a la gente, porque los hacía bajar la cabeza y sentir su pena. ¡Y no sabía por qué! Ella no se había sentido jamás contenta, y por eso no lo echaba de menos. Su tristeza innata, tan fuerte y segura de sí misma, contagiaba a los demás.
-Jo, Kavi, yo quiero enseñarle a sonreír…  ¡con lo chachi que es!
-¿A que sí? Pero, ya verás, ¡a lo mejor aprende!
»Un día estaba la niña sentada en su ventana. Le gustaba sentarse allí, porque podía balancear sus piernas sin tocar el suelo. Porque era muy alta, todas las sillas le quedaban cortas y sus pies tocaban el suelo. Y pasó por el cielo una gaviota, y la vio ahí, tan solita, con esa cara de tristeza, tan feúcha, alta y delgada. Sintió pena, y la quiso ayudar; por eso le llevó una lombriz, que era lo que ponía de buen humor a sus gaviotillas. La niña, que aunque triste, era curiosa, cogió la lombriz y jugó con ella, pero eso también la apenó. Y entonces la lombriz le susurró: “a mí me alegra mucho la lluvia. ¡Cada vez que llueve, yo salgo a bailar!” Y entonces la niña la devolvió al jardín, y se dispuso a esperar a que lloviera, para bailar bajo la lluvia. Y como en el país de los charcos llueve muy fácil, al poco rato las nubes se escurrían, y la niña estaba de pie, en medio de aquel gran jardín, esperando a que la alegría la inundara por dentro y le entraran ganas de bailar.
»Pero las ganas no llegaban, y una nube la vio allí, tan triste, flaca y sola que se acercó a ella, y le preguntó qué le pasaba. La niña se encogió de hombros, porque lo cierto es que se sentía como siempre. Y entonces a la nube se le ocurrió proponerle que llorara con ella. Y la nube la subió a un árbol para que estuvieran cerca, y las dos lloraron hasta que la nube se quedó seca, y con el viento se alejó de la niña, que ahora estaba triste, sola, mojada, y además subida a un árbol del que no sabía bajar.

(sigue cuando luna esté llena)

domingo, 9 de enero de 2011

Encajó la llave en la cerradura

Encajó la llave en la cerradura. Pero no oyó el clic acostumbrado. Los ruidos y las voces retumbaban en el edificio, atravesando las paredes de ladrillo avejentado. Entró en el pequeño apartamento, a oscuras, y vislumbró dos puntos de luz desde el pasillo. Tampoco escuchó las patitas sobre el parqué, porque los gritos seguían ametrallándola. “A ti tampoco te gusta el odio, ¿verdad, pequeñuelo?”, tendió su mano, y notó el lomo de aquel bichito peludo. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando oyó el sonido del cristal redoblando en el piso superior. Entonces, notó el peso del gato en el hombro. “Sí, vámonos”, susurró. Si dejas una manzana podrida en un cesto, las demás también enfermarán. Qué rápido se puede marchitar la alegría.

Salió a la calle, y sin querer sus ojos buscaron la sombra de aquel segundo piso de amor podrido. No le gustó lo que vio. Nunca le gustaba. Cuando notó las lágrimas en sus ojos, sus pasos se aceleraron. Callejeaba las calles oscuras y estrechas. Buscaba rincones oscuros. O no. Qué sabía... Ante su indecisión, el gato saltó al suelo con elegancia, y siguió andando. No miró ni una vez atrás. Iba rápido, aunque no tanto como para que ella no pudiera seguir su ritmo. Parecía saber perfectamente a donde tenía que llevarla. Dobló la esquina, y entonces comenzó a trepar por un canalón. Era un callejón más, lleno de pisos con tendales, de esos de zona de las afueras, con las sábanas delante escondiendo la ropa. El gato se sentó en un tejado a esperar. Clara observaba. Había una especie de hechizo en el ambiente que le provocaba expectación. Hasta se le pasaron las ganas de llorar.

Escuchó un portal abrirse, y un gitano salió de él. Sus ojos se encontraron, y frenaron el tiempo con una descarga eléctrica.

sábado, 1 de enero de 2011

El primer día que cogió un acordeón tenía siete años

El primer día que cogió un acordeón tenía siete años. Aunque él era pequeñito, y el instrumento era grandote, se sentía más seguro bajo el peso de aquel gigante rojo. Cuando lo abrió, y se vio envuelto por el sonido, se sorprendió tanto que soltó las manos. Por suerte, estaban los dos abrazados, y no pasó nada. La segunda vez que lo abrió ya sabía que iba a sonar, y poco a poco se empezó a adaptar a esa voz.

Once años después, aquel gigante rojo seguía siendo su mejor amigo. Conocía su cuerpo como el amante que ha acariciado año tras año las mismas marcas, las mismas cicatrices. Nunca había abierto su corazón a nadie más que a él. Sólo él había visto su piel morena húmeda en lágrimas. Sólo él se quedaba a escuchar su lamento a la medianoche, cuando subía al ático y tocaba para los escuálidos gatos de los tejados.

Déjate llevar. Ven a mi mundo de seda y nieve. Suelta los hilos de tu conciencia. Vuela. ¡Vuela! Que nada ni nadie nos pare nunca. Juntos, seremos los más fuertes titanes. Canta. ¡Canta conmigo! Somos dos hermanos bailando al son de la noche. Juntos, somos tan simples como puros.

¿Para qué contar lo que él sentía cuando abría el baúl, cuando lo sacaba y cuando se ajustaba sus brazos en torno a él. No había besado a muchas mujeres, pero sí a las suficientes como para darse cuenta de que todo lo que sentía tocando su viejo acordeón era más, muchísimo más que lo que notaba acariciando cuerpos desconocidos. Pruebas a jugar con barro, y cuando vuelves a la plastilina, te das cuenta de que enguarrarte es lo que realmente quieres hacer.

Y Kavi lo que quería era jugar con aquel bicho, su bicho, durante horas y horas y horas; que se le olvidara su nombre, su sino. Subir más allá del bien y del mal. Jugar a ser duendes, caballos alados, y volar más allá de los acantilados que escarpaban su tierra de nadie. Ser viento, lluvia, mar y aire.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El cristal devolvió la mirada al gitanillo

El cristal devolvió la mirada al gitanillo, que miraba las ciruelas con avidez. Yo miraba al chico, que como cada mañana, a las 9 menos diez, dedicaba unos minutos a mirar la fruta de la tienda de mi tía. El viento mañanero revolvía su pelo negro azabache. Con pesar, siguió andando, frotándose la nariz con la manga del jersey.

A la vuelta de la escuela, al mediodía, se decidió por fin a entrar. La campanilla de la puerta le hizo dar un respingo, como si estuviera haciendo alguna fechoría. Con una alegría deliciosa, se recreó escogiendo ciruelas. Decidido, trajo al mostrador una bolsa con seis. Sonriendo, me pidió que le cobrara. Mientras pesaba la fruta, me miraba con sonrisa de oso, de esas grandes que recuerdan al calor de cama. Su naricilla goteaba, y el chico sorbía a cada momento. Sus ojos negros devolvían las preguntas que mi curiosidad hacía sobre él. 
-La grandota para papá, la rosadita para mamá, las otras para mis hermanos y para mí -explicó con orgullo, sacando unas monedas del bolsillo.
-¡Sí que sois una familia grande!
-Mi abuela no tiene dientes, pero toma zumos. Los zumos le gustan mucho.
-¿Zumo de ciruela?
-Sí, o mermelada. ¡Mi abuela hace unas mermeladas que se te caería la baba! -aseguró.
-Estoy segura de ello.
-¡Hasta luego! -el gitanillo cogió las ciruelas y salió corriendo, dejando la estela de su enorme sonrisa.
Desde entonces, cada mañana me sonríe al pasar a clase. Tengo que confesar que sus sonrisas le dan color a mis mañanas.