Mostrando entradas con la etiqueta Juegos del aire. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juegos del aire. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de junio de 2011

Ton era un chaval tranquilo.

Soñaba en silencio. Aunque sus ojos refulgían magia y pasión, se lo guardaba para sus vuelos solitarios.
Nunca pedía permiso a nadie para hacer lo que gustaba, porque no consderaba sus asuntos de la incumbencia de otros. No avisaba cuando se iba, ni cuando volvía.
Estaba en equilibrio con su animal interior, porque seguía siempre su instinto. Y esa era una de las cosas más guays que emanaba. Por eso tenía un montón de amigos. Gente que se sentía atraída por el niño pajarito. ¡Y eso que no enseñaba nunca sus alas a nadie! Esa era otra de las cosas guays; que todos sabían que ocultaba algo. Y ya se sabe que el misterio llama más que ninguna otra cosa.
Caía bien, con su sonrisa alicatada y su inquietud constante. Pero era difícil acercarse mucho a él: volaba entre nubes, donde no todo el mundo alcanzaba. Aunque desde abajo se veía, y todos lo saludaban, como cuando los niños hacen señales a los aviones.
Era un romántico. Hacía lo que sentía, sentía todo lo que hacía, y vivía siguiendo el curso de sus movimientos. Creía más en él que en nadie, y se disfrutaba de una manera totalmente propia, absoluta y entregada. No hacía nada que no quisiera. No daba nada por nadie. Seguía el rumbo de las casualidades y los vientos.
Excepto si se enamoraba. Ahí sí que se perdía en sus sentimientos. Nunca confesaba su amor, porque temía dejar de sentirlo. Y si había un sentimiento al que estaba enganchado, era a ese. Así que se lo callaba, se lo guardaba para sus soledades. Y de sonrisas afuera, mostraba sólo un brillo resplandeciente en su mirada de niño pajarito.

sábado, 12 de marzo de 2011

Y llegó la noche, y quiso salir de fiesta.

Daba igual que fuera un pajarito con las alas replegadas. Daba igual que fuese un niño un poco inocente, porque él quería ser mayor. Él quería conocer todo ese mundo que veía en sus series y en sus libros.

Y he de decir que fue extraño, porque él creía que podría hablar con cualquier persona. Pero no. No todos sonreían cuando él les dirigía la palabra, y desde luego ninguno quería pararse a compartir su tiempo. De pronto, se había visto envuelto en un mundo de individualismo disfrazado en desenfreno. Y nada más lejos de la realidad. Él, que sabía lo que era lanzarse al vacío, aún no se había visto en la situación de perder el control.
Entró en un bar, armado de libreta y lápiz, y pidió una cerveza. No sabía lo que era emborracharse, pero quería sentirse parte de aquel mundo extraño. Cuando llevaba unas dos horas ensimismado en su mundo de nubes de grafito, entró una mujer en el bar. ¿Una mujer? Se fijó bien en ella, y rescató de sus ojos el brillo de esa mirada pícara que le comía la cabeza. No era una mujer, sino una niña disfrazada de mayor. Y qué bien le había salido. Una fuerza magnética conectaba sus miradas.

Pero la cintura de la niña estaba rodeada por un brazo de hombre. Y eso sí que era un hombre, que no había quien lo dudara. Ton estaba seguro de que si a cualquiera se le ocurriera incluso pensarlo, rodarían cabezas. Lo recorrió con la mirada. Y aunque no era del todo consciente de lo que significaba ese brazo, sentía el lazo alrededor del cuello de la mujercita, como la correa que ata a un perro a su dueño. Y le entró una furia por dentro hasta entonces desconocida. Pero no se asustó, porque algo le decía que no era el momento de ser temeroso. Sus alas se removieron inquietas en su espalda.

El hombre llevó a la chica a una mesa apartada, y Ton no paraba de mirarlos. Intentaba volver a concentrarse en sus papeles, pero su mente solo estaba en aquella mesa que no era suya. Y en aquella chica que tampoco era suya.

jueves, 10 de marzo de 2011

Abrió sus alas de par en par. Hoy se sentía más vivo que nunca. Batiéndolas con toda la fuerza que le cabía en el alma, subía, subía, subía. Y luego se lanzaba abajo, en picado, rompiendo nubes y cortando brisas.


Le había despertado el sol besando su cara paliducha, pecosa. El calor revolvía su cuerpo bajo la colcha, y se despertó sudoroso cuando los rayos alcanzaron sus ojos. Se levantó, algo sofocado, y abrió la ventana de par en par. Las briznilla entró presurosa, como si hubiera estado esperando desde hacía rato.
Salió a la calle y le entró de golpe el olor a primavera. Se le dibujó en la cara una sonrisa tan grande que hasta la gente se la devolvía al cruzarse con él. El cielo azul, las nubes esponjosas, el sol y su calor de caramelo. Al pasar por el río vio las aguas teñidas de reflejos. Sólo de pensar que tenía que pasar toda la tarde encerrado en clase se le encogían las alas en la espalda. Pero aún quedaban unas horas hasta eso, y una fuerza innata le estalló en el pecho y una dulce vocecita le propuso salir a jugar a las nubes. Estaba sorprendido de sí mismo.

Andaba sin rumbo fijo. Había salido a la calle sólo por el hecho mismo de salir, y ni siquiera sabía a dónde quería ir. Su mirada se dirigió sola hacia un lado, a un parque. Y allí, sentada en medio de la hierba, se fijó en una chica rubia que dormía al sol. Y sus piernas lo fueron dirigiendo. Ese día se sentía más animalillo que nunca, tan apresado ante sus instintos. Al irse acercando, ella se fijó, levantó la cabeza y lo miró a los ojos, aún a pesar de tener el sol de frente. Y una suerte de corriente eléctrica recorrió su cuerpo de pajarillo. Se quedó mirando desde el suelo, esperando quizás a que el hablara y le contara por qué estaba ahí, a su lado, de pie, mirándola.
-¿Y bien? -dijo, después de un rato. Ton enrojeció, pero ese día era más pájaro que niño.
-¡Hola!
-Hola -le dedicó una media sonrisa.
-Hace un día precioso, ¿no crees?
-Sí, desde luego. ¡Dan ganas de echarse a volar! -un brillo cruzó sus ojos al añadir ese comentario.
-¡Ya lo creo! -seguía estando invadido por una alegría animal. Su corazón se encogió al reconocerse de esa manera tan evidente. La chica se volvió a tumbar en la hierba, y estiró los brazos y las piernas.
-Huele tanto a primavera... -añadió en bajo.
-Ya...
Volvió a abrir los ojos, lo miró un momento, y de nuevo los cerró para disfrutar del sol. Y él se sintió por primera vez un poco tonto, allí, como un pasmarote.
-Tú... tú...
Ella volvió a sacar aquella media sonrisa.
-¿Te he visto antes? -consiguió decir.
-Sí, claro.
-¿Ah, sí? -recordó aquel juego entre nubes y vientos.
-Sí, claro -repitió. De un salto se levantó -. Bueno, chico, ya nos volveremos a ver. ¡Tengo clase! -se disculpó, señalando el edificio de piedra que se erguía frente a ellos. Y se fue, andando a saltitos, perdiéndose en aquel oscuro pasillo.

Una bandada de estorninos dibujó una figura en el cielo, mientras el reloj de la catedral daba las 12 a sus espaldas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Ton desplegó sus alas pardas

Ton desplegó sus alas pardas, y de pronto se vio a sí mismo sobrevolando la sierra castellana. El viento revolvía su pelo, y sus ojos brillaban de pasión. El aroma a encina despertaba sus sentidos. Desde arriba, todo era diferente; mucho mejor. Sin querer, se le escaparon una sonrisa y un par de lágrimas. El aire le refrescó la boca, y un estornudo salió del susto. Miró hacia el horizonte y viró hacia el sur entornando las alas. El viento le empujaba a su favor y se recreó, meciéndose entre corrientes.

Entonces vio un par de alas rubias surgiendo entre nieblas, a su derecha. Al principio, confuso, imaginó que podría ser una águila imperial de extraordinario tamaño. Pero jamás había visto ninguna águila albina. al notarla acercarse, se descubrió un rostro. Y un cuerpo.

Sus miradas reflejaban sorpresa y estupor. De pronto el sol salió de detrás de una nube, y notaron la calidez. Y ella sonrió gigante, y se lanzó contra él en picado. La esquivó, más confuso aun. Ella se alzó de nuevo. Se miraron de frente, y ahí comprendió. Una nube refulgió en esa sonrisa.

Se vio envuelto en el juego más divertido de su vida. Ella superaba en picardía a los halcones, en ingenio a los murciélagos y en destreza a los martines pescadores. Y él no podía dejar de buscar sus volteretas. Pero ella lo superaba una y otra vez, con la conciencia de quien sabe que tiene la sartén cogida por el mango. Hasta que en una de esas se adelantó a ella, y sus plumas se rozaron. Fue tan eléctrico que perdió altura, y por un instante temió la caída. Cuando volvió a mirarla, descubrió su rubor, y de un momento a otro le entraron las prisas. Dio una vuelta en torno a él, a modo de despedida, y se alejó, llevándose sus rubores y sus sonrisas de nube.

Y él se quedó solo en medio de aquella inmensidad azul, envuelto aún en un aroma de juego infantil y mirada de sirena. El viento le meció, y por primera vez en su vida sintió la pequeña penita pena de que se acabe un día, porque sabes que ni el siguiente ni ningún otro serán igual.