sábado, 5 de marzo de 2011

Imagínate que un día veo a otra chica.

-Imagínate que un día veo a otra chica.
-Vale, me lo imagino.
-Y que tiene unos ojos oscuros, pero una piel blanca, blanca.
-Sigue.
-Y… que me pone tanto como tú.
-Perfecto. ¿Y después?
Tardó un instante en responder.
-Que me voy con ella.
La chica negra se incorporó sobre sí misma, se sentó en la cama y miró aquellos ojos azules.
-¿Y por qué no voy a querer que te vayas con otra?
Y ella frunció durante un instante el ceño. Su voz se tropezó en la lengua al hablar, pero al final consiguió decir, confusa:
-Por si me voy con ella y me pierdo en el camino de vuelta.
Durante un instante se miraron a los ojos. Entonces, la chica negra se rió, y sus carcajadas sonaron a nubes de azúcar.
-No veo por qué no sabrías encontrar el camino; pero, por si acaso, déjame que te lo enseñe.
Y ciño su cuerpo de gata al de ella, mostrando su encanto más puro, haciendo gala del auténtico arte de la seducción.
-Maldito magnetismo –refunfuñó, notando aflorar su instinto.
-¿No te gusta? –rió entre dientes, mientras acariciaba su cara. Ella se estremecía a su contacto.
-Me asusta.
-¿A estas alturas?
-Me pierde.
-No sueltes mi mano. Confía en mí.
-¿Tu mano? –sonrió. Su mano estaba perdida en otros menesteres.
-Mis ojos, cielo. No sueltes mis ojos.

Y se perdió en su mirada. Por primera vez desde que se hacían el amor, miraron más allá del instinto y se vieron desde fuera. Dejaron que sus cuerpos se condujeran hacia el placer, y mientras sus conciencias se sentaron a observarse. Era como ver un cuadro, el cuadro más perfecto y mejor hecho, totalmente a su medida. Conocían la mirada de la otra como una extensión de la suya. Cada manchita de color, cada latido de la pupila, cada gota de sudor resbalando en las pestañas.

Mwezi le mostró el camino oculto a sus entrañas. Fue entonces cuando por fin distinguió el color de sus ojos, aquellos ojos blancos como la luz. Entonces, sólo pensaba que era un corderillo de sus sentimientos, fiel a aquella que la hacía gemir de placer únicamente con desearlo; no se dio cuenta de que aquel camino era de una sola vía, que iba a entregar su corazón a aquella que se lo había mostrado primero. Y menos mal que no lo sabía, porque el miedo nos hace cobardicas, y Jin ya había sufrido suficientes inseguridades para volver a sumergirse en ellas antes de salir.

Aprender a amar es un poquito como andar en bicicleta.

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